miércoles, septiembre 27, 2006

Siempre había pesado sobre mí la injusticia de tener que abrir los ojos antes de que el sol se despertara, y sólo conseguía pensar en que en otros tiempos, sin luz eléctrica, no hubiese sido posible tal madrugón (aunque indefectiblemente pensaba que sin calefacción tampoco sería una buena idea el salir de la cama por mucho sol que hubiese). El siguiente pensamiento que se afianzaba como mi filosofía y crítica a la vida era el por qué yo no era miembro de una familia real, que obviamente, se levantarán a la hora que les plazca.
Arrastrando los ojos por el suelo, una de esas mañanas, fui sobrellevando las horas, y decidí comer en un deli cercano a la oficina que tenían unos arroces chinos bastante sabrosos y, por supuesto, muy poco saludables.
Estaba deglutiendo aquella delicia oriental cuando una chica de aspecto más bien desaliñado se sentó a mi lado.
No me dijo hola, ni qué tal, ni que aproveche. Pidió lo que quería y a continuación me miró de arriba abajo y mirando al frente me preguntó: ¿no eres demasiado joven para llevar traje?. Supongo que mi respuesta fue desmedida y respondió más a mi posición defensiva: ¿no eres demasiado mayor para preguntar estupideces?. Se volvió hacia mí y me sonrió. Acabó de comer antes que yo, y al irse me dejo una tarjeta al lado de mi mano. Me pareció una forma interesante de ligar, y realmente era una chica atractiva. Miré la tarjeta y me costó ligeramente asumir aquello, era la tarjeta de un local de alterne y ponía, pregunta por Lilith. Ni cinco años en Harvard daban esa capacidad de venta. Nunca fui, y si lo hice jamás lo diré, pero aun conservo la tarjeta.

sábado, septiembre 23, 2006

Siempre he buscado en la mirada de la gente una historia. Soy de esos que piensan que la mejor mirada es la que esconde una historia interesante, un secreto quizá. Nada necesariamente extravagante o grandioso, simplemente una sencilla complicidad con uno mismo. Y fue que el destino me sorprendió en una parada de autobús, casi completamente descolocado y pensando en alguna cosa alejada de mi entorno.

Vi ante mi pasar un autobús; y de soslayo, a unos metros, un hombre de tez muy morena y de rasgos claramente arábicos corría por coger el autobús que ya se escapaba. Llegaba a la parada frenando sus pasos y sin demasiada preocupación en su rostro. Miré más directamente al hombre, sin intención de establecer contacto visual, pero cuando giraba mi cabeza me miró y pronunció algo en danés. Algo que, obviamente no entendí, y que supuse que sería alguna forma educada de maldecir su suerte. Como hago siempre en estos casos, sonreí de la forma más anodina que pude. Pero el hombre me dijo algo más, por lo que está vez tuve que disculparme en inglés de no hablar la lengua autóctona de la tierra que pisaba. Él frunció ligeramente el ceño, con una rápida reacción y teniendo en cuenta la bandera alemana que lucía mi cazadora me preguntó si acaso mi origen era germano. Con una sonrisa lateral, de las que solo levantas un lado del labio, negué con la cabeza, y le dije que era de España. Con mayor gesto de sorpresa me preguntó de dónde era, que él tenía familia viviendo por aquellos lares y que alguna vez había pasado por allí; él era de Marruecos y llevaba viviendo en Dinamarca desde el 63. Le contesté que de Valencia, que si alguna vez había pasado por allí. Negó rápidamente, y me dijo por qué ciudades y pueblos había pasado, y que muchos de los nombres de las ciudades españolas tenían nombres arábicos. Asentí con la cabeza, y en un intento de mostrar mis ?bastos? conocimientos en cultura arábica le dije que por mis tierras habían muchos pueblos que se llaman beni-algo, y que sabía yo de buena fe, que significaba pueblo. Casi sin hacer caso a lo que le decía, cabeceó mostrando acuerdo, y me comentó la cantidad de cosas que habían en España, que en su origen eran árabes. Siguiendo con mis intentos de ser un buen conversador, le comuniqué mi orgullo de venir de un sitio dónde la mezcla de culturas hizo tan buenas obras como la Alhambra. Sonrió y volvió a asentir, iba a decir algo cuando salté apresuradamente la ver que mi autobús ya había llegado, me despedí rápidamente, y deseé volver a verle en algún momento, tenía ganas de conocer más historias, ¡tendría tantas que contar! Me senté en el autobús, y sonreí, me sentí por un momento muy cercano a ese hombre, del que ni se su nombre ni le he vuelto a ver, lejos de la cultura nórdica; y agradecido por una nueva historia que contar.

martes, septiembre 19, 2006

"La mentira era su aliada más poderosa, su decisión su mejor arma". Mierda, vaya primera frase. No, no tenía sentido, tenía que ser algo más contundente, como decía su profesor de piano: La nota más importante es la primera que se da. Con esto, lo mismo. ¿Cómo iba a escribir una novela a este paso?. "El aire olía al azúcar del alcohol y a humo inspirado y expirado varias veces". Vaya cantidad de estupideces podía llegar a decir sólo en una línea.

Le dio un manotazo al bolígrafo y después arañó, sin mucho efecto, el folio sobre el que escribía. Mala idea, cogió un pequeño saliente de la mesa y se partió un trozo de la uña. Recordó la frase que su tío Bobby le decía cuando era un adolescente: si piensas que las cosas te van a salir mal, te acabarán saliendo mal. A esta acertada aportación a la filosofía moderna él mismo le había añadido un corolario: si piensas que las cosas te van a salir bien, te acabarán saliendo mal. Conclusión: No pienses, heroína para los sentidos.

Había probado el jaco, pero no le enganchó, le parecía vulgar; aunque Ray Charles hubiese sido un adicto. Vulgar, como cualquier otra droga. Qué manera más estúpida de desperdiciar inteligencia.

Se levantó de la silla y miró por la ventana. Budapest de noche era una maravilla. Desde la ventana del hotel veía toda la zona de Pest iluminada y el río Danubio; el puente de las cadenas tan contundente en su entorno que parecía desafiar a aquellos que le cruzaban.

Volvió la mirada a su habitación, era bastante austera pero con la cama y la mesa con su silla le sobraba. Había encontrado la habitación buscando por internet, era una especie de hostal de viajeros, que estaba integrado en un edificio del barrio. Su habitación era una de las habitaciones de uno de los pisos que poseían los dueños. Salía de su habitación y había un salón y cocina común y poco más. Saliendo del piso daba a un patio interior sombrío a cualquier hora del día, con las paredes negras de hollín y miseria. Como toda la ciudad, que a pesar de su esplendor imperial, aun conservaba el sovietismo de lo descuidado y rancio.

Decidió dar carpetazo a su incipiente y moribunda novela recién empezada y bajó a pasearse por la orilla del Danubio.

Apagó a John Coltrane del ordenador, y lo suspendió. Las vistas de su ventana perdían la mitad de su encanto si Coltrane no estaba resonando entre sus bisagras. Las miserias de la música, era todo mentira, falsas sensaciones que llegaban a generar las canciones, los conciertos, los músicos; todas falsas, pero eso sólo lo sabían los músicos que sabían que detrás de un concierto había el mismo tedio y hastío que en cualquier otro lugar en el mundo, pero que los oyentes olvidaban en el umbral.

Bajó primero por las escaleras del patio interior y luego por la que comunicaban este con la escalera principal del edificio. Y en menos de dos minutos ya estaba bordeando el lado de Buda del río. Se quedó un momento mirando al río, como si pudiese ver el fondo. Y vio su cara. Ella se quedó, bueno más bien fue él el que se fue. No sabía muy bien por qué, si inercia o incapacidad de decidirse por lo que realmente quería. Y ahora andaba por el mundo, perdiéndose con la absurda esperanza de encontrársela en alguna ciudad. Nómada errante, que la única patria que conocía era la de su maleta y la del último cuño en su pasaporte.

sábado, septiembre 16, 2006

Rondaba la primavera de 1978. Manhattan era un lugar solitario para quien quería serlo, aunque la gente en esa época del año se mostraba especialmente sociable con ganas de increpar el equilibrio espiritual que había conseguido.

Andaba yo por uno de los tugurios que habían hecho del Village lo que era. Pequeño pero rancio, y con un fuerte olor a matarratas. Era como una segunda casa para mi desde que conociese a Dave, el dueño, en un concierto horrible de jazz que habían hecho unos años atrás en Central Park. Le había llamado "Dave's", desde luego no se había matado para ponerle un nombre, pero me parecía bien, con un nombre más pomposo defraudaría al cruzar el umbral. ¿Qué esperas de un sitio que se llame Golden Horse? Pues desde buena cerveza, a camareras dispuestas a venderte una sonrisa por una buena propina, a unas paredes sin mácula. Dave's era eso, el local de Dave.

Siempre sospeché que tenía entre manos algún tipo de vida ilegal, porque con las cuatro cervezas que nos tomábamos los feligreses no creo que dieran ni para pagar el local. De todas maneras, yo no preguntaba. Siempre hablaba de música con el, íbamos a conciertos que merecían la pena ( o al menos eso parecía a priori) y debatíamos filosóficamente sobre el origen del universo y por qué las mujeres de este planeta parecía que nos la tuvieran jurada. Todo a ritmo de los mismos discos rayados de Duke Ellington que tenía Dave.

El tema de mujeres era bastante recurrente y además Dios nos premiaba por nuestras disertaciones con una media cercana a la negatividad de mujeres en el bar. Era de esperar, ya que si alguna entraba por equivocación o buscando el baño enseguida fruncíamos el ceño y el más ágil le invitaba a una copa, probablemente derramándole la que llevaba sobre el vestido que llevara.

Así que la vida de los parroquianos estaba circunscrita a nuestros respectivos trabajos, de los que nunca hablábamos y al bar y a las personas que pasaran por ahí. Ya fueran mujeres, transeúntes, turistas o ejecutivos perdidos. Aunque si las mujeres eran escasas, los turistas y los ejecutivos más aun, pero se habían visto casos.

Aunque fuéramos siempre los mismos, no sabíamos nada los unos de los otros. De mi sólo sabían que era un español que me había ido a vivir a Nueva York al acabar la carrera. Pero desconocían la ciudad de la que venía, dudo mucho que supieran siquiera dónde estaba. La calidez de no tener pasado sabía a whisky con hielo.

martes, septiembre 12, 2006

Era uno de esos días grandiosos en los que apetece ver llover a través de la ventana. Olía intensamente a tierra mojada y a plantas agradeciendo el agua. Parecía, incluso, patológico ese amor a la soledad de un día gris o la evasión a través del goteo.
Era uno de esos días en los que apetecía escribir, así que se sentó delante del ordenador y comenzó lo que sería una historia. Personajes, paisajes, lugares... Se le antojaban muchos pero todos eran copias de otros libros o de películas. No tenía nada de malo pero no era original. Desistió y fue a dar un paseo bajo la lluvia envuelto en su gabán de tres cuartos con capucha.
No comprendía como esos nórdicos aborrecían sus días de lluvia que permitían tanto verde, y ansiaban, también patológicamente, las costas de los paises más meridionales. Fue chapoteando entre los charcos durante un rato haciendo recorridos imposibles entre las figuras geométricas que hacían de la acera una red infinita.
Andando había recorrido, casi sin darse cuenta, una distancia considerable. Por ahí vivía Tina, ex nada con la que tenía muchos derechos y pocas obligaciones. Así que se acerco a mendigar un par de abrazos de lluvia que tanto llaman a las sábanas de pliegues compartidos.

lunes, septiembre 11, 2006

Cuentos de la naranja roja

Estaba sentado en una cafetería, mirando por la ventana preguntándome como un ser humano puede ser un recurso. Cuando se me acerca una muchacha con pinta de estar excesivamente preocupada por las ballenas y el karma. Me dijo: - "He leído ese papel que has tirado a la basura. Escribes tan bien, expresas tus sentimientos de forma única".
Lo primero que pensé fue que qué carajo hacía buscando en la basura, pero ese pensamiento lo obvié y articulé en palabra lo que pensé a continuación: - "Los sentimientos son como el culo. Todos tenemos uno. Y odio que me besen los sentimientos."

domingo, septiembre 10, 2006

Cuentos del exilio sentimental

Debían ser las doce del mediodía, pasadas, bastante pasadas quizá ya eran las tres. Daba igual, tampoco tenía nada que hacer. Pensaba que veía la hora en el despertador de mi mesilla de noche, no era realmente un pensamiento, es una mezcla entre consciente e inconsciente, es como un sueño pero controlas lo que pasa. Ponía las 10:34 am, sabía que no era probable, pero era una justificación para no abrir los ojos y quedarme más rato inmóvil, pétreo.
Empecé a mover la mano derecha hasta que topé con carne. Humana probablemente, parte de un cuerpo. No me sorprendía tanto el hecho de que estuviera ahí, como que estuviera tan frío, no llevaba sábana, había dormido al aire. Abrí los ojos e inspeccioné el cuerpo de mujer que yacía a mi lado. Quise pensar que no sólo había dormido con ella.
Seguía sin moverse, seguía fría. Qué mal rollo. Pegé un trago a un vaso que había en el suelo con vino de anoche, y tuve que escupir del asco que me dio el alcohol mezclado con cenizas. Me vestí y desaparecí de aquella casa. Como quedaba relativamente cerca de mi casa fui andando.