miércoles, diciembre 05, 2007

A veces me gustaría escribir como Pau, joder qué fluidez, yo que me atranco con los reniegos pseudorománticos que no llevan a ninguna parte. Tengo que desarrollar más aptitudes literarias. Pero no sé de qué escribir. Estoy muy ilusionado con lo que estoy viendo aquí, tengo proyectos ideas y un montón de cosas que voy a disfrutar. Pero no me apetece hablar de eso. Sinceramente, creo que no podría.
Siempre la misma referencia de amor y enamoramientos. Claro que hay, siempre acaba uno siguiendo alguna falda, aunque podría ser cualquier otra. Pero es esa porque te sonríe mucho o te roza de vez en cuando la mano. Y empieza la estúpida frustración de pensar que no le gustas. Que probablemente sea verdad, pero al fin y al cabo, todo va sobre convencer y conquistar. Con alguien discutía el otro día que si esperabas a que una chica viniera a decirte lo guapo que eres y lo muy enamorada que está de ti lo llevaba claro. No me canso de las faldas pero me canso de hablar de ellas. Me da miedo cansarme de hablar.
- Acababa de cerrar el post y bajando por las escaleras del hostal se me ha ocurrido cosas sobre las que escribir, tampoco nada que mostrar, sólo pensamientos sin más; y sobre la idea de la necesidad de mostrar iba la cosa-

¿Por qué tengo que escribir algo que esté bien? ¿Para quién escribo? Me doy cuenta de que escribo para que me lean, supongo que es la esencia del blog. O no. O quizá escribo y permito que lean, quizá es otra visión. Pero sin querer voy escribiendo pensando lo bien que va a quedar. Creo que padezco un síndrome que acabo de denominar "superman". Mola, ¿eh?. Bueno el tema es que en todo me la sensación de que tengo que destacar. Me ataca un sentimiento de que eso tengo que hacerlo bien, aunque no vaya conmigo, aunque no sea algo que yo tenga que hacer y sea la tarea de otro. No es empatía, no lo hago por el otro, lo hago por mí, por demostrarme que puedo hacerlo bien. Por lo menos me he dado cuenta, y voy a pararlo, es cancerígeno. Creo que puede devenir en un "yo hago todo mejor que nadie", y es un sentimiento tan pedante que me da asco. Supongo que es algo relativamente extendido y es lo que subyace en la falta de delegación de poder y en el resquemor de que alguien haga algo mejor que tú. Nos deberíamos alegrar de que la gente haga las cosas bien, pero no lo hacemos, porque no somos nosotros los que lo hacemos. Bueno hago un nosotros cuando hablo de yo, pero supongo que da igual, quizá a alguien más le pase. Voy a esforzarme por alegrarme cuando alguien hace las cosas mejor que yo. Me cierra la mente, me hace pensar que lo mío es mejor y no puedo aprender más que en la línea de lo que ya sé. Y jamás reto lo que sé. Quizá estoy equivocado hasta en las bases de lo que conozco, pero no lo reto, quizá no me atrevo.
Menuda castaña de post. Me alegro. A mí me ha servido.

sábado, diciembre 01, 2007

Pues que ya ando por tierras Chilenas. Medio adaptado, empezando a redimensionar los ojos para que la escala de la ciudad no me resulte tan agresiva. Ya empiezan a resonar en mi cabeza los "wea", los "como estai?",... y lo voy repitiendo en mi cabeza, dentro del animo que siempre he tenido de imitar los acentos de alla a donde iba.
Son las gentes que me parecen extranyas aun, son los olores de cacahuetes garrapinyados, o los coches antiguos con ese ruido. Quiza las alarmas que saltan en cualquier momento, porque hay gente que se dedica a lavar los coches mientras estan aparcados; quiza un hostal lleno de gringos que me hace sentirme mas desubicado aun.
Sera lo que sea. Pero empiezo a sentirme dentro.

lunes, noviembre 26, 2007

No será miedo, pero será ansiedad. El sentir el aliento frío en la cara de lo desconocido. El colapso del concepto de tiempo, en el que los minutos saltan aleatoriamente entre mis dedos que escriben, los recuerdos que asedian, y las esperanzas que escapan.
Se me hace pequeño el tiempo, y recuerdo a Sibila, y sus años, tantos como granos de arena que se le concedieron, y de los que olvidó pedir que fueran de juventud.
Mis granos de arena, que temo que un día dejen de ser de juventud, y que me atrapen en la telaraña de lo predecible y entrópico. En contraposición, a la angustia de lo inminentemente desconocido.
Empezar a añorar, y sentir la falta.
Gracias. Los días no se descartan ni se suman, son abejas que ardieron de dulzura o enfurecieron. Neruda

domingo, noviembre 18, 2007

Sentado en la silla de una cafetería cualquiera, veía pasar a la gente por la calle.
Deseaba que lloviese o que hiciese mucho aire, o que sucediera algo que hiciera de aquel momento algo de lo que acordarse después, algo que tintara el día de un tono ocre acorde al otoño.
Nada ocurrió, como de habitual. Se me apareció ella atravesada en el cristal, entre la gente que pasaba y mis ojos que miraban. Era pura autosugestión por no tener nada en lo que pensar. Tiré de agenda y le envié un mensaje a ella y tres más. Hay que aprovechar las ocurrencias, y siempre hay más probabilidades si hay más intentos. Es de lo poco que me quedó en aquel último año de instituto que nunca llegó a acabar y que se repitió un par de veces antes que desestimara el aprobarlo. Aquel profesor enano y enjuto, que no paraba de repetir, que si tirábamos cuatro veces una moneda teníamos más probabilidades de sacar una cruz, que si la tirábamos una vez, pero las mismas si esperábamos sacar cuatro cruces. Así que desde aquel momento rehice mi concepción de las esperanzas en monedas y caras (dejé las cruces a otros), e intenté siempre lanzar las monedas varias veces para obtener al menos una cara.

No hubo ninguna contestación. Bueno había un cincuenta por ciento de probabilidad de que no me contestara ninguna; o supongo que por eso nunca aprobé.

sábado, noviembre 10, 2007

Insomnio devengado de los días que llegarán, que serán inmediatos a mi partida. Que serán los portales de mi viaje al otro lado del océano. Del viaje que no es viaje, si no emigración, porque lo dicen las autoridades, porque lo dice el visado, porque pone Residente Temporal en Chile.
Porque me muero de miedo. Porque no sé qué voy a encontrar, pero como siempre tengo la dulce sensación narcótica de que allá encontraré a mi ideal de mujer etérea e ilustrada; como si no hubiese aprendido aun que es mentira. Miedo, también, porque no sé qué voy a hacer con mis días, si podré ayudar, si daré la talla, si no me vendré abajo.
Se anda cancerando el alma de vacío, ya sin sentimientos, ni ganas de escribir, ni ganas de nada. Sólo un miedo, que ni siquiera es miedo, que es tensión y desconocimiento. Pero nada más. ¿Irá con los años?

lunes, septiembre 17, 2007

Sería el crujido de los neumáticos, o quizá la noche, más que la noche la imposibilidad de que fuera cualquier otro momento del día excepto la noche. El abrupto deslizarse del automóvil por aquel camino sin asfaltar, atravesando el polvo en suspensión y moviéndonos a espaldas de las casas que tenían ventanas apagadas de gente durmiendo.
Esa gente que se dormía a las once para trabajar al día siguiente, esa gente que encontraba su realización en la jornada de ocho horas y una familia que apagaba su vida al encender la tele.
Nos sentíamos guardianes de sus sueños, Morpheos, viviendo lo que ellos sólo anhelaban inconscientemente porque habían dejado de anhelar al tiempo que aprendieron a callar. Colándonos por las rendijas de sus contraventanas para desnudar su lívido, para crispar su aceptación muda de la realidad.
Nosotros que mirábamos esas ventanas mientras nos comíamos a besos y nos desnudábamos del todo, anhelando el siguiente beso y el siguiente gemido. Nosotros que eramos los reyes de las noches entre semana.

viernes, agosto 17, 2007

Empezar a echar de menos aunque aun estén los ojos que te dicen que te queda un poco más de tiempo para disfrutarlos. Es el comienzo del cáncer que va a arrancar un trozo de alma y condenarlo al olvido, aunque las palabras digan lo contrario, aunque los adioses se escondan entre los hasta-luegos.
Y, casi, lo que más me turba es saber que un mes habrán pasado sus gestos a ser parte de los recuerdos, y no los echaré de menos, sólo será una nostalgia vacua.

Sus nos-vemos, como ramos, en las manos que giran y se cierran, dejando de lado el pensamiento frío que vendrá más tarde y borrará su cara en relieve e imprimirá la cicatriz.

sábado, agosto 11, 2007

Sí, tú, esto es para ti.
¿Qué haces aquí? Mirando una pantalla. Sal, despierta, corre. Te estás durmiendo entre el fútbol, la fiesta y tu carrera.
Piensa, ¿en qué?. Da igual pero piensa. Reta todo lo que ves, todo lo que se te dice, rétalo.
Deja de masturbarte comprando todo lo que necesitas y leyendo todo lo que tienes queleer.
Salta, estámpate contra el suelo. Somos los hijos sin raices, que no tenemos nada por lo que luchar porque todo lo que se nos ha dado es maravilloso y perfecto, y porque nada ocurre más allá de los dos metros de nuestro espacio vital.

Trabajas en algo que no quieres hacer, pero no tienes el suficiente interés como para dejar de hacerlo, porque al fin y al cabo nada tiene mayor o menor interés que las otras cosas. Pasas las semanas deseando que llegue el fin de semana para salir de fiesta, para ir a comprar tu libertad y tu satisfacción con copas, ropa o entretenimiento. Intenta hacer algo que no tenga impacto económico.
¿Cúantas vueltas llevas ya en tu rueda de hamster?
Nos hicieron creer que podríamos vivir en California, tener una modelo a nuestro lado y dedicarnos a la vida contemplativa en una casa con una gran pisicina. Y aun nos lo creemos. Soñando que nos hacemos ricos, estrellas del rock o cualquier tipo de famoso. Pero nadie sabe por qué quiere eso.
Te dieron cicuta para crecer y has perdido el sur.

¿Anti-sistema? Punkis, okupas, ... Una línea sigue siendo una línea
independientemente de la dirección. Ir en dirección contraria de lo que se establece
sólo refuerza esa línea.
Piensa elítpicamente. ¿No sabes lo que es? Bien, ese es un buen comienzo.

domingo, agosto 05, 2007

Para mi mente levantina resultaba ridículo, casi insultante, un sitio que se llamara "playa" (Genève Plage) y que fuera un complejo con un par de piscinas y una orilla que daba al lago. Por si fuera poco, esta "playa" era un enorme terreno cubierto de césped (nada de grama) verde. Era otro tipo de veraneo, tan diferente al que estaba acostumbrado que perdía su propio nombre estacional a mi entender.
Estaba lleno de carteles, tan suizamente colocados, para indicar cualquier cosa. Se me antojaba especialmente cómico el cartel que indicaba los vestuarios, que decía "vestiaires", me sonaba a bestiario, catálogo de bestias oriundas. Pero es bien sabido que el país helvético las únicas bestias no humanas que se pasean por los lares son vacas. Ese gran icono del país de Heidi.

Me dejé caer en el césped (allá donde fueres haz lo que vieres) y me compré El País. Al leerlo pensaba que en ese mismo momento habría gente leyendo ese mismo artículo que no cae en la cuenta de que ese artículo está siendo leído en otro país. En mi periódico el precio está en francos suizos, y en otro lugar del mundo estará en dólares, yenes, rupias, pesos o cualquier otra moneda.
Me sentía conectado a mis otros veranos, en los que las playas saben a sal y arena, en los que no hay césped estilo campo de fútbol. Leía a Muñoz Molina, a Maruja Torres, a Manuel Vicent,... como tantas otras veces en latitudes más cálidas. Qué pequeño es el mundo, que vivo tan cerca estando tan lejos.

sábado, mayo 26, 2007

Desde el albergue se podía ver toda la ciudad. Aunque me había tocado hacer noche en un albergue, ya que todos los hoteles de la ciudad estaban llenos, la vista era increíble.
Veía el edificio de la ópera, la catedral, un rascacielos que rompía la línea de casas de poca altura. Lyon era una ciudad preciosa.
Casi mediterránea, la ciudad mezclaba los callejones que dan sombra en los días de sol como aquel y las avenidas afrancesadas con edificios del siglo XVIII, ilustrados en sus fachadas.
Me había sorprendido muy gratamente. No esperaba nada en concreto y me encontré con una ciudad que me liberó de la sensación de asepsia y agonía blanca de Ginebra. El cruzarme por la calle con tanta gente, tan diversa en su origen y en su modo de ver la vida, rompe con el punto de vista único que parece imperar en la ciudad en la que el sistema capitalista encuentra su paradigma.

El viaje a Lyon había sido una pequeña aventura que me permití por el par de días que tenía entre el último día del apartamento en el que vivía y el siguiente al que me mudaba. Al tener un par de días en los que no tenía techo decidí ir a la estación y coger un tren hacia cualquier parte. Me habían hablado bien de Lyon y estaba relativamente cerca, así que allí me fui. La aventura fue más aventura de lo que esperaba y, como ya he dicho, no había disponibilidad en ningún hotel de la ciudad por algún seminario o congreso que no llegué a entender. Así que la única posibilidad que tenía si quería hacer noche en la ciudad era irme al albergue juvenil de la ciudad. No era lo más confortable ni lo más delicado, pero dadas las circunstancias no estaba mal.

Estos viajes de explorador siempre me habían gustado, siempre que se tomaran en su justa medida. Ya que en tomadas en dosis excesivas el paisaje se hace homogéneo con todo lo que has visto, y todas las ciudades parecen la misma, síndrome Babilón. Traía un tipo de soledad en la que estás rodeado de gente en la misma soledad, cada uno haciendo su propio camino, muchas direcciones, muchos orígenes.

Cuando me puse a escribir esto tenía delante a una chica que ya había pasado los veinticinco y estaba leyendo un libro de cómo enseñar geometría ( al menos es lo que entendí del título, que estaba en francés), iba vestida en plan hippie con una camiseta verde sin mangas, ancha, le caía como un blusón y pantalones de algodón fino de color violeta. Estaba cortando unas verduras para hacerse ensalada, era su cena. Nada interesante, nadie de quien poder sacar una historia. Quizá sí, pero no me apetecía.
Un par más de solitarios que bebían vino o cerveza y un par de grupos de chicos tertuliando. Probablemente la vida real no merece la pena contarla, sólo conseguimos hacer historias cuando hay asesinos o criminales. Las historias de amor se hacen repetitivas, ¿cuántas veces se parafraseará el cuento de la princesa y el mendigo?. Quizá la novela costumbrista, pero hasta en estas tiene que suceder algo excepcional. No, la vida normal no merece la pena ser contada en un libro. Pero la existencia humana no es tan aburrida, no nos suicidamos con tanta facilidad. No sé muy bien qué determina que nuestras vidas, lejos de parecerse a las películas o libros, sea interesante. Es más, no estoy muy seguro que la gente que consigue hacer de su vida una película pueda contar algo que sea más interesante que cualquier otra persona.

Cambió mi suerte. Se sentó a mi lado cuando estaba escribiendo las ideas para este texto. Con una nariz larga y redonda, y unos labios excesivamente carnosos, tenía una cara que dejaba bastante claro que era, lo que los anglófonos califican como, un freak. Bien, lo primero es que se sienta en la silla y se ríe en voz baja, y abre un libro en hebreo por cualquier página. Pero su lectura no dura ni treinta segundos y mete mano a la bolsa que llevaba y saca una cámara digital compacta y mira por la mirilla con un ojo, y el otro se lo tapa con la mano izquierda. Enfoca la ciudad y le da al disparador. Hace dos fotos al paisaje con flash. No sé si el chico es un asesino, pero desde luego no es muy normal. Después de hacer un par de fotos también se va. Y eso est todo lo que ha pasado hasta ahora.

Nueva sorpresa, y lo que me faltaba para continuar del subrealismo de la última media hora. Aparece un grupo de unos veinte niños de entre siete y diez años, con tres profesoras amargadas.
Dos preguntas surgen de inmediato. Primera, ¿qué hacen en un albergue juvenil dónde te puedes encontrar a los punkies de turno fumándose porros del tamaño de antebrazos. Segunda, ¿son incapaces de callarse?. ¡Oh Herodes. vuelve! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. Podría pasar yo mismo a ser el protagonista de mi historia y coger un cuchillo de cocina y hacer morcillas de niño.
Cruza mi mente una pregunta que me hizo temblar por un segundo, la desestimé por subrealista, pero como iba la noche tampoco era imposible. Al ser un albergue juvenil la habitación es compartida con cinco personas más. No habré tenido la maravillosa suerte de que alguno de los kamikazes en miniatura.
Parece que se calman y se va reduciendo mis ganas de empalarlos.

En esta vorágine de acontecimientos, el sol se ha puesto y la ciudad se enciende.
Mierda, mierda, mierda. Los liliputieneses se han puesto a jugar al escondite y a pillar, y a gritar como cerdos en una matanza ( de cerdos, se entiende). Al próximo que pase corriendo lo lanzo contra el suelo.

Bueno, el paisaje es bonito. Ah, para la información del lectorado, la única que podía ser el amor de mi noche, o mi amor de la noche, se acaba de ir a dormir. Quedan segundas opciones, una chica guapa con forma de botijo ceporro y una de las profesoras de los niños, que tiene pinta de prostituta asequible.

Las bestias salvajes están arrancando el césped y lanzándoselo los unos a los otros. Si los sueños se hicieran realidad ahora un perturbado con una escopeta de caza se cargaba a un par y lograba que se callaran.
Como consuelo para los que estamos en la terraza viene una profesora, del club de las mujeres-que-no-saben-lo-mal-que-les-queda-el-pelo-corto, y les dice que eso de arrancar el césped es de criminales, que se estén quietecitos y sentados. He estado a punto de decirle que si les infringe castigo físico, yo lo negaré en el juicio. Se va y a los cinco minutos vuelve para soltar otra monserga, y poner a uno de los niños en una esquina aislado. No sé lo que le dice, porque llevo los cascos con música puestos, pero en mi mente se oye un "si vuelves a abrir la boca te meto una hostia que te dejo sin dientes". Estoy seguro que con eso se callaba. Bueno, como decía un profesor mío, "cada maestrico tiene su librico".

Siguiente freak de la noche. Se me acerca un chico y me pregunta si mi ordenador Mac funciona bien. Le digo que sí, que es chachi y molón, me hace explicarle cómo funciona. A todo esto el chico de pie. Claro, al final me acaba diciendo, que gracias y buenas noches. Si el chico quería conversación se tenía que haber sentado, y si no, ¿no puede mirarlo por internet?. Sí, el Mac es para gente cool como yo.
Mientras tanto los niños se han ido y vuelve la calma a esta maravillosa terraza.

Sigo escribiendo y me pongo música. Le pregunto a un chico que estaba a un par de metros si le molestaba. Me dice que todo lo contrario. Y me puse a hablar con él de viajes, de ciudades y de mujeres de diversas nacionalidades. Se hizo entretenido.

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Al día siguiente me levanto y me acicalo para la ocasión de mi segundo día en la ciudad lyonesa. Desayuno sobrio, acorde con la temática del albergue, la austeridad monacal. Zumo de polvos, leche y un mendrugo de pan con mermelada.
Decido utilizar la mañana de una forma un poco más intelectual y me pongo a hacer unos esquemas sobre valores y empresa. Estaba yo haciendo mis cosas y el amor en potencia se sienta en la mesa de en frente. La verdad es que no es nada del otro mundo pero dadas las circunstancias del hospicio, tampoco nos íbamos a poner exquisitos. Una sonrisa cruzada justo a tiempo para que el freak de la noche anterior apareciera.
Le da un toquecito en el hombro a la chica y con una sonrisa que mostraba unos dientes más pequeños de lo normal, con una separación excesiva, le dice ¨Me llamo tal y vengo a una conferencia". La chica medio sonríe le dice como se llama y en menos de cuarenta segundos hace mutis por el foro.
Mientras yo sigo con mis esquemas. Pasa un rato y tengo yo el honor que venga a verme. El chico iba de la siguiente guisa: pantalones de pana grises, zapatillas de deporte, una camisa de motivos al más puro estilo "cortina del siglo XVII" y una corbata de color oro con motivos florales. Se me acerca y me dice "hola me llamo tal, voy a una conferencia. No es que vaya muy arreglado, pero bueno. No se hacerme muy bien el nudo de corbata. ¿Me ayudas?." Le dije que claro, le cojo la corbata y le deshago el amarre marinero que le había hecho y le hago un doble nudo windsor maravilloso. Me dice un par de tonterías más y a base de monosílabos entiende que quiero seguir con lo que estoy haciendo. Se va, lleva el cuello doblado. Un matrimonio de alemanes sexagenarios le gritan que se ponga bien el cuello que lo lleva doblado. El chico se acerca se vuelve a presentar, que viene a una conferencia de Economía Experimental que mañana da el una conferencia ( en qué buen momento decidí no continuar más allá de mi licenciatura mis estudios en Economía).
Un pensamiento entre macabro y resultón cruza mi mente, los alemanes deben pensar que se quedaron cortos con el holocausto. Pero en contra de mi impresión le dan conversación.

Decido ir a dar una vuelta por la ciudad. Y a media tarde vuelvo para escribir esto.

Por la noche volví a coincidir con el chico que hablé la noche anterior, Jean. Nos pusimos a hablar de ciudades, vida y mujeres. En nuestra conversación de mujeres entramos en la dificultad de comenzar una conversación con una, la postura defensiva que siempre llevaban. A esto, se giraron dos chicas que estaban cerca de nosotros, y dijeron que era relativo. Y se unieron a la conversación. Luego el amor que ya no era amor más, pasó y le dije que se sentara con nosotros. Y hablamos y hablamos. Y ahí se acabó.
Al día siguiente me volví a Ginebra.

domingo, mayo 06, 2007

Se estaba hundiendo y resbalando, a la vez, en el sillón de cuero viejo que había en frente de la mesa. Una de esas mesas modernas hechas de conglomerado, color gris oscuro y superficie ligéramente rugosa. Sobre ella un ordenador portátil conectado a una pantalla grande y en ella el programa de correo, 23 mensajes no leídos y una alerta de calendario que parpadeaba.
Detrás de la mesa un sillón de cuero, igual al que había enfrente, y más allá un ventanal, que derramaba luz sobre la estancia. Era una ventana que no daba a ninguna parte, es decir, daba a alguna parte como todas las ventanas, pero no era nada especial, nadie podía recordar que es lo que había detrás, probablemente edificios o quizá no había nada.

Se intentaba mover lo menos posible, odiaba el ruido que hacían los asientos de cuero al moverse, esa fricción de estruendo débil. Era incómodo, parecía que había que justificarse con la mirada a cada movimiento, mostrando que sólo era el cuero del sillón.

Retiró las manos de los posabrazos, le empezaban a sudar, y se limpió el sudor en los pantalones del tweed que llevaba. Era un tweed antiguo, heredado, parecía que se iba a deshilachar en cualquier momento. Era el único traje que tenía, y, aunque desgastado, cumplía su función. Ese caracter menesteroso venía amplificado por su pelo revuelto y grasiento, que en esacasas ocasiones caía lacio sobre su cabeza.

El dueño del despacho abrió la puerta, con dos cafés en una mano. Le ofreció uno. Aquí tiene - le dijo - dígame, ¿en qué puedo ayudarle?.
Quiero dejar de trabajar, irme a vivir a las Maldivas con una modelo - comentaba con un tono cansino y herrumbroso, mientras al dueño del despacho se le dibujaba una sonrisa - y dedicar mi vida a vagabundear entre tiendas y restaurantes de lujo.
El dueño del despacho le contesto : Yo también me apunto a ese plan.
Enfrascado en el tweed y su inmundicia (la del tweed), el que se sentaba en frente, sin cambiar el hieratismo de su gesto dijo: Sí, pero yo tengo una bomba que detonaré si no me da cien millones de euros, ... mejor 200 por los imprevistos.
El dueño del despacho perdió la sonrisa y el gesto se volvió turbado. Mascullando un ¨claro¨ abrió el primer cajón que había debajo de su mesa. Con un gesto casi reflejo sacó una pistola que gimió en una decima de segundo, enviando una bala que cruzó la distancia entre las dos personas en una décima de segundo, partiendo el alma del caballero del tweed en dos cuando le cascó el craneo a la altura de las cejas. La bala aun tuvo fuerza para partir el cristal de la mesa que había un poco más atrás del sillón.

domingo, febrero 04, 2007

Qué sensación más rara la de sentirte ajeno en tu casa. Bueno, la que es tu casa desde hace unas horas. Aun está fría, pero no hace tanto que vivía alguien aquí, quizá un par de horas más de las que llevo viviendo aquí. ¿ A partir de cuándo puedo decir que vivo aquí? No creo que sea la primera vez que cruzo la puerta para quedarme el momento del inicio de mi nueva vida. Más bien será en el momento en el que re-conozca los objetos que me rodean, dándoles una familiaridad que sólo tu casa te puede dar.
Por si fuera poco, las almohadas aun huelen a ella, huelen a su colonia, a su pelo, a cuando se giraba delante mío y salía de ella esa brizna de aire que acompañaba a su movimiento durante un segundo y que se quedaba impregnada de su olor. Y ahí quedaba, en las almohadas de mi cama, de su cama, de nuestra cama, pero que nunca fue de los dos a la vez.

lunes, enero 22, 2007

Me desperté, aun era de noche. Tarde en reaccionar y asociar el tener que abrir los ojos al poder saber en qué hora estaba viviendo. Abrí un ojo y vi que las luces rojas tan rectilíneas como siempre marcaban las 5:23. Mi brazo topó con otro brazo, un brazo inánime y dormido. Acabé de salir del sueño y recordé a la chica que había conocido la noche anterior, que pese a que no era especialmente guapa, tenía unas curvas que no se pueden rechazar tras meses y meses de solterío y sequía. No es que no se pudieran rechazar, tanto como que no puede evitar el intentar meterla debajo de mis sábanas. Esas sábanas medio enmohecidas que no cambiaba desde hacía meses, ya que el otro juego de sábanas se rasgó. Jugando con las sábanas me di cuenta de que no eran mis sábanas, de hecho mi tampoco mi reloj, mi reloj tenía luces verdes. Estaba en su casa. Seguía sin despertarme del todo. No había bebido mucho, no era que no recordara nada, sólo que aun se me entremezclaban los sueños y las costumbres.
Giré mi cabeza hacia su lado de la cama y encontré su pelo vertido sobre la almohada. Tuve el impulso de tocarlo, pero como mis extremidades aun no recibían ordenes de mi cerebro acerque los labios y la nariz. Desprendía un olor rancio, como de nevera en la que sólo hay una cebolla agonizante.

Me quedé un rato mirando al techo, sin pensar en nada. Sólo en el techo, viendo figuras derramadas de oscuridad, que cuando era pequeño me daba la sensación que avizoraban mis sueños. Ya no. Sólo eran trozos muertos de noche.

Busqué mi ropa a tientas y me escapé por el hueco de la ventana ( de una forma figurada, claro; salí por la puerta).

sábado, enero 20, 2007

A petición popular ( gracias Esther)


Contradecía el tiempo a la estación y el termómetro acariciaba los 10 grados cuando los libros decían que aquí y ahora tendría que hacer menos 4 grados. Me anclé a un banco de aquel parque, que tenía poco de parque y bastante de planicie sin edificar, desde que me había levantado notaba en mis manos un delicado aroma a canela y vainilla. Me había levantado casi a las doce del mediodía, un pinchazo en la espalda me provocó el flash de una caída, no sabía no cómo, ni cuándo, ni dónde. No me apetecía recordar, no solía hacerlo, lo pasado, pasado estaba.

Hundí la cabeza entre mis manos, disfrutando de ese olor que se iba apagando poco a poco. Era un Martes pero se sentía como un Domingo. Realmente, desde que dejé aquel puesto como contable de clase b, todos los días me sabían a Domingo. Parecía que al día siguiente tuviese algo que hacer. Pero no había nada que hacer, sólo el vacío de pasar los días vagabundeando. No necesitaba el trabajo, mis padres me estaban subvencionando la carrera que no estaba haciendo, y ellos sabían que no hacía y no les importaba. Una forma de mantener al vástago vivo.

El olor a canela y vainilla me estaba intrigando. Me concentré y empezó a dibujarse entre mis manos una corta melena cobriza, era aquella chica que solía preparar la comida los Sábados en la pensión. Era un poco vulgar, y bastante borde, pero era preciosa incluso debajo esa cofia de rejilla horrenda. Unas caderas que se intuían bajo esa falda anodina, blanca, a base de pliegues, había perturbado mis sueños últimamente.

Alguien vino y me susurró al oído: "venga, vuelve dentro que hace frío". Me cogió del brazo y note al levantarme que mis piernas no se coordinaban muy bien entre ellas. Yo me dejaba llegar, no quería preguntarme nada. Subimos unas escaleras, luego otras, una habitación con mucha gente, todos murmurando. Y allí estaba ella, con su melena cobriza, inundando esos platos desgastados con puré de alguna verdura de la que jamás sabremos su verdadero nombre. Fui con mi plato y me quedé mirándola, hoy aguantaría la mirada. La aguanté, y ella sonrió. Sentí como se me deshacía el estómago, se me mojaba todo el pantalón y me temblaban las piernas. Antes de que flaquearan del todo alguien me cogió de las axilas, y me tumbó en una cama, pero ya no era el comedor. Se abrió la puerta y entró un hombre vestido de médico. En la parte exterior de la puerta ponía: "Enfermería. Hospital Psiquiátrico Saint Michel". Me dio igual. Mañana sería otro día.