sábado, mayo 26, 2007

Desde el albergue se podía ver toda la ciudad. Aunque me había tocado hacer noche en un albergue, ya que todos los hoteles de la ciudad estaban llenos, la vista era increíble.
Veía el edificio de la ópera, la catedral, un rascacielos que rompía la línea de casas de poca altura. Lyon era una ciudad preciosa.
Casi mediterránea, la ciudad mezclaba los callejones que dan sombra en los días de sol como aquel y las avenidas afrancesadas con edificios del siglo XVIII, ilustrados en sus fachadas.
Me había sorprendido muy gratamente. No esperaba nada en concreto y me encontré con una ciudad que me liberó de la sensación de asepsia y agonía blanca de Ginebra. El cruzarme por la calle con tanta gente, tan diversa en su origen y en su modo de ver la vida, rompe con el punto de vista único que parece imperar en la ciudad en la que el sistema capitalista encuentra su paradigma.

El viaje a Lyon había sido una pequeña aventura que me permití por el par de días que tenía entre el último día del apartamento en el que vivía y el siguiente al que me mudaba. Al tener un par de días en los que no tenía techo decidí ir a la estación y coger un tren hacia cualquier parte. Me habían hablado bien de Lyon y estaba relativamente cerca, así que allí me fui. La aventura fue más aventura de lo que esperaba y, como ya he dicho, no había disponibilidad en ningún hotel de la ciudad por algún seminario o congreso que no llegué a entender. Así que la única posibilidad que tenía si quería hacer noche en la ciudad era irme al albergue juvenil de la ciudad. No era lo más confortable ni lo más delicado, pero dadas las circunstancias no estaba mal.

Estos viajes de explorador siempre me habían gustado, siempre que se tomaran en su justa medida. Ya que en tomadas en dosis excesivas el paisaje se hace homogéneo con todo lo que has visto, y todas las ciudades parecen la misma, síndrome Babilón. Traía un tipo de soledad en la que estás rodeado de gente en la misma soledad, cada uno haciendo su propio camino, muchas direcciones, muchos orígenes.

Cuando me puse a escribir esto tenía delante a una chica que ya había pasado los veinticinco y estaba leyendo un libro de cómo enseñar geometría ( al menos es lo que entendí del título, que estaba en francés), iba vestida en plan hippie con una camiseta verde sin mangas, ancha, le caía como un blusón y pantalones de algodón fino de color violeta. Estaba cortando unas verduras para hacerse ensalada, era su cena. Nada interesante, nadie de quien poder sacar una historia. Quizá sí, pero no me apetecía.
Un par más de solitarios que bebían vino o cerveza y un par de grupos de chicos tertuliando. Probablemente la vida real no merece la pena contarla, sólo conseguimos hacer historias cuando hay asesinos o criminales. Las historias de amor se hacen repetitivas, ¿cuántas veces se parafraseará el cuento de la princesa y el mendigo?. Quizá la novela costumbrista, pero hasta en estas tiene que suceder algo excepcional. No, la vida normal no merece la pena ser contada en un libro. Pero la existencia humana no es tan aburrida, no nos suicidamos con tanta facilidad. No sé muy bien qué determina que nuestras vidas, lejos de parecerse a las películas o libros, sea interesante. Es más, no estoy muy seguro que la gente que consigue hacer de su vida una película pueda contar algo que sea más interesante que cualquier otra persona.

Cambió mi suerte. Se sentó a mi lado cuando estaba escribiendo las ideas para este texto. Con una nariz larga y redonda, y unos labios excesivamente carnosos, tenía una cara que dejaba bastante claro que era, lo que los anglófonos califican como, un freak. Bien, lo primero es que se sienta en la silla y se ríe en voz baja, y abre un libro en hebreo por cualquier página. Pero su lectura no dura ni treinta segundos y mete mano a la bolsa que llevaba y saca una cámara digital compacta y mira por la mirilla con un ojo, y el otro se lo tapa con la mano izquierda. Enfoca la ciudad y le da al disparador. Hace dos fotos al paisaje con flash. No sé si el chico es un asesino, pero desde luego no es muy normal. Después de hacer un par de fotos también se va. Y eso est todo lo que ha pasado hasta ahora.

Nueva sorpresa, y lo que me faltaba para continuar del subrealismo de la última media hora. Aparece un grupo de unos veinte niños de entre siete y diez años, con tres profesoras amargadas.
Dos preguntas surgen de inmediato. Primera, ¿qué hacen en un albergue juvenil dónde te puedes encontrar a los punkies de turno fumándose porros del tamaño de antebrazos. Segunda, ¿son incapaces de callarse?. ¡Oh Herodes. vuelve! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. Podría pasar yo mismo a ser el protagonista de mi historia y coger un cuchillo de cocina y hacer morcillas de niño.
Cruza mi mente una pregunta que me hizo temblar por un segundo, la desestimé por subrealista, pero como iba la noche tampoco era imposible. Al ser un albergue juvenil la habitación es compartida con cinco personas más. No habré tenido la maravillosa suerte de que alguno de los kamikazes en miniatura.
Parece que se calman y se va reduciendo mis ganas de empalarlos.

En esta vorágine de acontecimientos, el sol se ha puesto y la ciudad se enciende.
Mierda, mierda, mierda. Los liliputieneses se han puesto a jugar al escondite y a pillar, y a gritar como cerdos en una matanza ( de cerdos, se entiende). Al próximo que pase corriendo lo lanzo contra el suelo.

Bueno, el paisaje es bonito. Ah, para la información del lectorado, la única que podía ser el amor de mi noche, o mi amor de la noche, se acaba de ir a dormir. Quedan segundas opciones, una chica guapa con forma de botijo ceporro y una de las profesoras de los niños, que tiene pinta de prostituta asequible.

Las bestias salvajes están arrancando el césped y lanzándoselo los unos a los otros. Si los sueños se hicieran realidad ahora un perturbado con una escopeta de caza se cargaba a un par y lograba que se callaran.
Como consuelo para los que estamos en la terraza viene una profesora, del club de las mujeres-que-no-saben-lo-mal-que-les-queda-el-pelo-corto, y les dice que eso de arrancar el césped es de criminales, que se estén quietecitos y sentados. He estado a punto de decirle que si les infringe castigo físico, yo lo negaré en el juicio. Se va y a los cinco minutos vuelve para soltar otra monserga, y poner a uno de los niños en una esquina aislado. No sé lo que le dice, porque llevo los cascos con música puestos, pero en mi mente se oye un "si vuelves a abrir la boca te meto una hostia que te dejo sin dientes". Estoy seguro que con eso se callaba. Bueno, como decía un profesor mío, "cada maestrico tiene su librico".

Siguiente freak de la noche. Se me acerca un chico y me pregunta si mi ordenador Mac funciona bien. Le digo que sí, que es chachi y molón, me hace explicarle cómo funciona. A todo esto el chico de pie. Claro, al final me acaba diciendo, que gracias y buenas noches. Si el chico quería conversación se tenía que haber sentado, y si no, ¿no puede mirarlo por internet?. Sí, el Mac es para gente cool como yo.
Mientras tanto los niños se han ido y vuelve la calma a esta maravillosa terraza.

Sigo escribiendo y me pongo música. Le pregunto a un chico que estaba a un par de metros si le molestaba. Me dice que todo lo contrario. Y me puse a hablar con él de viajes, de ciudades y de mujeres de diversas nacionalidades. Se hizo entretenido.

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Al día siguiente me levanto y me acicalo para la ocasión de mi segundo día en la ciudad lyonesa. Desayuno sobrio, acorde con la temática del albergue, la austeridad monacal. Zumo de polvos, leche y un mendrugo de pan con mermelada.
Decido utilizar la mañana de una forma un poco más intelectual y me pongo a hacer unos esquemas sobre valores y empresa. Estaba yo haciendo mis cosas y el amor en potencia se sienta en la mesa de en frente. La verdad es que no es nada del otro mundo pero dadas las circunstancias del hospicio, tampoco nos íbamos a poner exquisitos. Una sonrisa cruzada justo a tiempo para que el freak de la noche anterior apareciera.
Le da un toquecito en el hombro a la chica y con una sonrisa que mostraba unos dientes más pequeños de lo normal, con una separación excesiva, le dice ¨Me llamo tal y vengo a una conferencia". La chica medio sonríe le dice como se llama y en menos de cuarenta segundos hace mutis por el foro.
Mientras yo sigo con mis esquemas. Pasa un rato y tengo yo el honor que venga a verme. El chico iba de la siguiente guisa: pantalones de pana grises, zapatillas de deporte, una camisa de motivos al más puro estilo "cortina del siglo XVII" y una corbata de color oro con motivos florales. Se me acerca y me dice "hola me llamo tal, voy a una conferencia. No es que vaya muy arreglado, pero bueno. No se hacerme muy bien el nudo de corbata. ¿Me ayudas?." Le dije que claro, le cojo la corbata y le deshago el amarre marinero que le había hecho y le hago un doble nudo windsor maravilloso. Me dice un par de tonterías más y a base de monosílabos entiende que quiero seguir con lo que estoy haciendo. Se va, lleva el cuello doblado. Un matrimonio de alemanes sexagenarios le gritan que se ponga bien el cuello que lo lleva doblado. El chico se acerca se vuelve a presentar, que viene a una conferencia de Economía Experimental que mañana da el una conferencia ( en qué buen momento decidí no continuar más allá de mi licenciatura mis estudios en Economía).
Un pensamiento entre macabro y resultón cruza mi mente, los alemanes deben pensar que se quedaron cortos con el holocausto. Pero en contra de mi impresión le dan conversación.

Decido ir a dar una vuelta por la ciudad. Y a media tarde vuelvo para escribir esto.

Por la noche volví a coincidir con el chico que hablé la noche anterior, Jean. Nos pusimos a hablar de ciudades, vida y mujeres. En nuestra conversación de mujeres entramos en la dificultad de comenzar una conversación con una, la postura defensiva que siempre llevaban. A esto, se giraron dos chicas que estaban cerca de nosotros, y dijeron que era relativo. Y se unieron a la conversación. Luego el amor que ya no era amor más, pasó y le dije que se sentara con nosotros. Y hablamos y hablamos. Y ahí se acabó.
Al día siguiente me volví a Ginebra.

domingo, mayo 06, 2007

Se estaba hundiendo y resbalando, a la vez, en el sillón de cuero viejo que había en frente de la mesa. Una de esas mesas modernas hechas de conglomerado, color gris oscuro y superficie ligéramente rugosa. Sobre ella un ordenador portátil conectado a una pantalla grande y en ella el programa de correo, 23 mensajes no leídos y una alerta de calendario que parpadeaba.
Detrás de la mesa un sillón de cuero, igual al que había enfrente, y más allá un ventanal, que derramaba luz sobre la estancia. Era una ventana que no daba a ninguna parte, es decir, daba a alguna parte como todas las ventanas, pero no era nada especial, nadie podía recordar que es lo que había detrás, probablemente edificios o quizá no había nada.

Se intentaba mover lo menos posible, odiaba el ruido que hacían los asientos de cuero al moverse, esa fricción de estruendo débil. Era incómodo, parecía que había que justificarse con la mirada a cada movimiento, mostrando que sólo era el cuero del sillón.

Retiró las manos de los posabrazos, le empezaban a sudar, y se limpió el sudor en los pantalones del tweed que llevaba. Era un tweed antiguo, heredado, parecía que se iba a deshilachar en cualquier momento. Era el único traje que tenía, y, aunque desgastado, cumplía su función. Ese caracter menesteroso venía amplificado por su pelo revuelto y grasiento, que en esacasas ocasiones caía lacio sobre su cabeza.

El dueño del despacho abrió la puerta, con dos cafés en una mano. Le ofreció uno. Aquí tiene - le dijo - dígame, ¿en qué puedo ayudarle?.
Quiero dejar de trabajar, irme a vivir a las Maldivas con una modelo - comentaba con un tono cansino y herrumbroso, mientras al dueño del despacho se le dibujaba una sonrisa - y dedicar mi vida a vagabundear entre tiendas y restaurantes de lujo.
El dueño del despacho le contesto : Yo también me apunto a ese plan.
Enfrascado en el tweed y su inmundicia (la del tweed), el que se sentaba en frente, sin cambiar el hieratismo de su gesto dijo: Sí, pero yo tengo una bomba que detonaré si no me da cien millones de euros, ... mejor 200 por los imprevistos.
El dueño del despacho perdió la sonrisa y el gesto se volvió turbado. Mascullando un ¨claro¨ abrió el primer cajón que había debajo de su mesa. Con un gesto casi reflejo sacó una pistola que gimió en una decima de segundo, enviando una bala que cruzó la distancia entre las dos personas en una décima de segundo, partiendo el alma del caballero del tweed en dos cuando le cascó el craneo a la altura de las cejas. La bala aun tuvo fuerza para partir el cristal de la mesa que había un poco más atrás del sillón.